jueves, 24 de enero de 2013

UN FINAL MÁS FELIZ PARA EL MUNDO*


     

  En lo que al capitán concernía, el tiempo se detuvo. Esta ilusión le era familiar. Podía contar con experimentarla varias veces al año: cada vez que recibía una noticia con la que no podía bromear. Sabía cómo poner el tiempo en funcionamiento otra vez: negando la noticia.

                               (En “Galápagos”, de Kurt Vonnegut)



                                                  El humor es lo único que queda.
                               
                                                                                             (Yo)


                Le sonó el portero eléctrico a las 4 de la mañana. Esto es lo que le estaba contando ahora la chica al señor lustrabotas desconocido petrificado que lustraba botas en la terminal, al lado de la boletería cerrada de la empresa de transportes Futuro, después de que el tren ya se había ido.
                Le sonó el portero eléctrico a las 4 de la mañana y debió haber estado un rato largo sonando porque la chica primero escuchaba un sonido muy lejano, después lejano, después masomenos lejano (¿sueño?), después masomenos cercano (¿vida real?), después cercano, después muy cercano y después ahí mismo, por último. Se levantó. Sonó de nuevo con ella de pie. Se asustó ahora sí. Era muy tarde y era muy real.
                -¿Hola?
                No le contestó nadie.
                -¿Sí? ¿Hola? ¿Quién es?
                Le sonó de nuevo en la oreja. La hizo separarse del auricular.
                -¡Hola!
                Nadie. En serio, nadie. No era nadie. No había dicho nada el que tocó el portero así. Nada de nada. Se quedó mudo. De verdad.
La chica se puso zapatillas, se puso un buzo encima lo más rápido que pudo y bajó, medio sin saber por qué, bajó.
Había muchísima gente. Muchísima pero muchísima gente. Todos tan tranquilos mirando vidrieras, sentados en las veredas, que era lo único que se podía hacer a esa hora, pero como si fuera una re cosa para hacer. Familias enteras pasando de un lado a otro con cochecitos y bebés, chicos adolescentes de la mano cruzando de un lado a otro de la calle,  señores jugando al ajedrez sobre el cordón.
La única cosa comercial que sucedía en aparentemente todo el centro era el chico que vendía películas en la peatonal, al frente de Castillo, porque todo lo demás estaba cerrado. El chico que vendía películas tenía películas muy buenas. Sólo películas muy buenas. Era el más raro de los vendedores de la peatonal siempre, por ese sólo motivo, pero ahora era la persona más normal como para preguntarle qué pasaba, supuso la chica. Digamos, no era normal que estuviera ahí un martes a las 4 de la mañana en el muerto centro de Jujuy, pero mucho menos normal era toda la gente paseando y riéndose como si fuera sábado a la tarde así sin más y como si fuera primavera y casi casi verano y como si fuera una especie de paseo de la alameda tertuliesco y noctámbulo pero de ahora. Porque, o sea, estaba todo cerrado verdaderamente. Ni Bugatti, ni la Royal, ni Brujas ni la Media Naranja. Nada de nada. Todo cerrado. Y tampoco había vendedores de globos que vuelan solos ni de manzanas confitadas ni de algodones de azúcar ni de molinetes de colores, yo no sé de dónde los sacaba la gente, pero los tenían y era muy normal.
-Hola.
-Hola.
La chica se rasca detrás de la oreja.
El chico chequea con golpe de vista las tapas de películas en exhibición.  
-¿Todo bien?
La chica se muerde una uña.
El chico está pero no responde nada y le pasa un golpe nervioso de plumero a la fila que le queda más cercana de tapas de películas.
La chica mira como de pasada de vista la sección Kubrik.
-Tengo “La naranja mecánica” también. Y puedo conseguir otras de Kubrik para mañana.
-Eh, ¿no sabés por qué hay tanta gente, digamos?
-Y mirá, las películas que más están saliendo son las de humor.
-Ajá.
La chica mira para la izquierda.
El chico mira para la derecha.
-¿Por qué hay tanta gente? ¿No sabés si pasó algo o hay alguna fiesta, no sé?
-Yo estoy vendiendo mucho Wes Anderson, Jarmusch. Desde hoy a la mañana que estoy acá y la gente sigue comprando. Ahora mi hermano me está grabando más y me está por traer. 
Los dos se cruzan de brazos y se quedan mirándose mientras asienten con las cabezas.
El chico no se sabe bien qué piensa y la chica piensa que no puede hacer mucho más con esa información y que tiene que volver a su casa a cambiarse. O sea, está en piyama. Pero no lo hace.
O se cambia y vuelve. Ya viene.
Listo.
La chica, con ropa de estar en la calle, está en la  vereda de la Necochea de nuevo y mira para adentro de la Media Naranja, en la vereda del frente. Está claramente cerrado, pero hay una luz cenital azul sobre la cabeza de una nena sola en una mesa que toma Sprite con limón y los pies no le llegan al piso por eso los balancea así mientras toma del vaso largo utilizando el sorbete y hace un poco de ruido. Primero ponés el jugo de limón en el vaso y encima le ponés el Sprite. Entonces se hacen unas burbujas como hexagonales o con varios lados que quedan ahí flotando. Cuanto más limón tiene el vaso, más burbujas hexagonales hay.
La chica vuelve a la peatonal. Nota totalmente que la gente es re feliz.
El chico de las películas está pegando una tela blanca grande con cinta adhesiva sobre la vidriera de Castillo. Su hermano le trajo un proyector y ahora está repartiendo pochoclos en bolsitas de papel a la gente que está en la peatonal.
De pronto están pasando “Juno” en la pantalla gigante y la gente está contenta. La gente está contenta y un grupo de señores barre esa parte de la peatonal y hay muchos que se sientan en la calle a ver la película.
Aparecieron mantas y almohadones súper cómodos donde la gente se sienta. No importa de quién es la manta ni los almohadones. La gente se sienta y se conoce entre sí.
-A mí me parece que “Juno” es una película muy linda.
-A mí también.
La gente mantiene conversaciones increíblemente invadidas de frescura.
-Señor… Señor, ¡despiertesé!
El señor lustrabotas está verdaderamente quieto y petrificado.
Era como que la chica pensaba que no podía entrar en esa realidad sin modificarla. O sea, había que pactar sí o sí con lo que estaba pasando. No se podía poner a preguntar: ¿qué pasa?, ¿por qué están acá?, ¿por qué todos se quieren entre ustedes? Porque era como muy tonto sacar de onda a la gente así. Pero también eso la ponía a la chica ansiosa. Entonces quería quedarse a ver “Juno” con la gente pero tampoco se podía quedar así de lo más tranquila, por eso agarró por la Lavalle y llegó hasta la terminal. La gente estaba como por todos lados paseando y sacándose fotos con otra gente que recién acababa de conocer o que simplemente iba pasando por el puente todo iluminado y el único quieto era el señor lustrabotas en la terminal. Todos era como que estaban en otro mundo o en otra dimensión, menos el señor lustrabotas.
-Señor, disculpe.
La chica en cuclillas sacudiendo un poquito del hombro al señor. El señor no se despertaba ni ahí.
La chica se tira un poco para atrás y suspira en señal de bueno, me rindo, no se va a despertar. Se sienta al lado del señor. Estira las piernas. Le saca un CJ del bolsillo, lo prende con un fósforo que estaba ahí.
¿Los señores lustrabotas fuman?, piensa la chica. ¿Los señores lustrabotas fuman y prenden el cigarrillo con fósforos que estaban ahí?
-¿Quiere un pasaje? -le pregunta una señora regordeta y simpática que saca medio cuerpo por la ventanilla de la boletería supuestamente cerrada de la empresa de transportes Futuro. Tiene un gorro blanco de maquinista a rayas rojas-. Ahora tenemos servicio de tren.
-¿Servicio de tren? ¿Y cuánto sale?
-Sale 10 australes. Tarifa reducida de las 4 de la mañana.
Ya deberían ser más de las 4, piensa la chica. Por lo menos deberían ser las 5. Todo esto es muy raro. Es muuuuy raro, como mínimo.
-Bueno.
-Son 10 australes.
-Tengo 5 pesos.
-Bueno, le doy el vuelto en bonos contribución que después se los reintegran en el lugar de destino. Tiene que acudir a la boletería de Tacita de Plata que le quede más cercana.
¿Por qué me los reintegran si yo tengo que pagar, digamos? (piensa). ¿Y por qué bonos contribución? ¿Para qué sirve esto?
-¿Y a dónde va el tren?
-A cualquier parte. A donde usted quiera.
-¿Pero y los demás?
-Los demás también.
¿Los demás también qué? ¿Los demás también van conmigo a cualquier parte, a donde yo quiera?, piensa la chica. ¿O los demás también van a cualquier parte, a donde cada uno quiera ir?
Se escucha el pitido del tren.
-Usted piensa demasiado. Tómese ese tren y déjeme dormir en paz –dice el señor malhumorado lustrabotas que entreabre los ojos de pronto y los vuelve a cerrar.
La chica ve cómo todos suben al tren Futuro, que está ahí y no hace nada (la chica, digamos). Se queda con el boleto en la mano. Como que no entiende. Y es una fila impresionante de gente la que va subiendo. Cada uno va a donde quiere ir y el que no quiere ir a ningún lado puede quedarse ahí y no bajarse nunca. Es como que toda la gente de la ciudad subió en el tren y nadie se quedó sin asiento. Y del tren sale una música lindísima.
El tren se va y la chica y el señor lustrabotas lo miran alejarse.
-Bueno, pero ahora vuelve, ¿no? –le pregunta la chica al señor lustrabotas que ahora sí se despertó mucho más.
Y traga saliva. Y se miran fijo. 



*[Publicado en Revista Intravenosa N° 12, Año 7, San Salvador de Jujuy, Diciembre de 2012].